No soy
crítico de obras infantiles, pero como desde que escribo en esta académica
revista nadie me invita a sus obras, acepté las entradas que un amigo me
regaló para ir al estreno de la obra “Gulliver”, una adaptación de la
famosa, “satírica” y sobrevalorada novela de Jonatan Swiff, realizada,
entre otros, por Jaime Lorca, uno de los integrantes de la fenecida y también
sobrevalorada, ¿compañía? ¿grupo? ¿colectivo artístico?, “La troppa”
(así creo que se escribía).
Como
en tantas otras oportunidades enfilé rumbo al poniente, a ese espacio “artístico”
llamado “Matucana 100”, pero ya sabía a lo que iba.
(Hace algunos años por razones profesionales, al igual que ahora, había
tenido que asistir a una especie de galpón frío, húmedo, mal ventilado,
oscuro, con tablones en vez de asientos que algunos llamaban, eufemísticamente,
“teatro”). Al llegar me recibió una calle mal iluminada que, para peor,
ni siquiera contaba con estacionamientos (tuve que dejar el coche en la calle
expuesto quizá a qué). Al entrar y esperando ver los herrumbrosos galpones,
me di cuenta que algo había cambiado desde mi última visita, pues me encontré
con un teatro con asientos numerados, todo forrado en fina y cálida
madera, un teatro digno de mejores barrios, en fin.
Como
decía, no soy crítico de obras infantiles (de esas con marionetas y todo),
por eso me llamó la atención un letrero que estaba en la boletería que
advertía: “esta obra no es conveniente para niños menores de 10 años”,
esta sinceridad que celebro iba, pensé, claramente en contra de las arcas
de la empresa ¿Cuántos niños mayores de 10 años hay? O tal vez la obra no
iba dirigida a los niños, después de todo. (Aquí es preciso una aclaración,
cuando voy a ver una obra no leo, ni me informo sobre el montaje, a lo más
averiguo quiénes son los actores, ya que esto me podría prejuiciar, y una
cosa sí que no soy, prejuicioso). La sala estaba abarrotada (no de niños
precisamente) y por suerte mi amigo me había dado entradas bien ubicadas: 3ª
fila, algo inclinada a la derecha, lo que no resultaba incómodo y
mientras cavilaba sobre este punto la obra comenzó.
Lo
primero que me llamó la atención fueron los raros artilugios escenográficos,
grúas, poleas, postes metálicos, luego la aparición de Lorca en overol, más
tarde la oscuridad total y los ruidos estridentes que provenían de las
estrepitosas caídas de Gulliver, porque a diferencia de la novela el
protagonista desciende por una cavidad hacia Liliput y no llega nadando.
Claro, me dije por deformación semiótica, la metáfora de bajar a las simas
es un clásico literario, baste recordar a Dante y su descenso a los infiernos
o a Quijote y la famosa exploración de la cueva de Montecinos. Pensé: esto
se pone interesante, pero la obra inmediatamente tomó otros derroteros no
menos espectaculares, la intervención de las marionetas creando cuadros de
bien calculada belleza y ahí mi mente se aflojó y decidí disfrutar de la
estética “naif” que me proponían: escenas tiernas como la de un volantín
que el gigante ayuda a elevar a un liliputiense, escenas circenses, otras de
zapateo americano, en un marco de humor complejo y simbólico (Gulliver se
peda mientras duerme y una nube “odorífica” desmaya a una de las
marionetas. Gulliver orina de espaldas al público). Todo esto manejado con
singular maestría por los titiriteros, con gran sincronización y a cara
deslavada. Por otra parte muchos diálogos profundos, disfrazados de ingenuas
metáforas o de símbolos anquilosados, le daban a esta obra múltiples
lecturas. Sin duda, un teatro poético, plástico, con preguntas llenas de
lirismo: “¿A qué gigante le temes tú?” dice uno de los tantos muñecos
y la frase queda resonando, para que cada uno se pregunte “¿Cuál es el
gigante al que le temo?” Lo extraño es que traté de recordar otras
frases sugerentes para ejemplificar este punto, pero no recordé ninguna más.
Mientras
todo esto ocurría yo pensaba en
la complejidad del oficio de Lorca, al dialogar e interactuar solo con muñecos.
Es mil veces más fácil trabajar con humanos, que te traspasan sus
sentimientos, a hacerlo solo con voces y marionetas, pero por otra parte no hay
mejores socios, nunca se cansan, nunca reclaman, solo obedecen, no hay que
pagarles y sino le gustan los cambia por otro. En fin, quizá Lorca siempre
quiso trabajar solo con muñecos.
La
obra terminó entre grandes aplausos de la fanaticada, señoras y señores
graves, adolescentes y universitarios que aplaudían como si fueran niños,
celebrando este nuevo teatro que “inviste” al público como decía Lihn de
“indignidad infantil”. Es decir, no es solo una obra para niños, es para la familia, que
encontrará en ella entretención asegurada, pues resiste
múltiples niveles de lectura, desde los más sesudos hasta los más básicos
estremecimientos de los infantes frente a una reina cruel y despótica que
termina siendo la princesa encantadora. Porque el amor no tiene edad, ni
barreras económicas, ni menos de altura. Este es el mensaje final: “El amor
es más fuerte” (¿quién dijo esto?)
¿Qué
teatro hoy hace eso? ¿Derribar nuestras barreras culturales y convertirnos
otra vez en niños pidiendo “títeres” y a los niños someterlos a símbolos gigantes? Este es el logro de Lorca
–y de su compañía claro- quienes
pueden (si es que no lo están haciendo ya) dormir sobre sus laureles,
pues sus obras son un éxito de taquilla. Ya sabemos quién era el verdadero creativo del tridente de la ex–troppa. Seguramente su éxito es y será coronado por la crítica certera y la
pluma infalible de “El Mercurio”, medio que siempre ha celebrado este teatro
sano y familiar.
A la
salida, ya nadie conversaba de la obra en el deslavado e ínfimo coctail que
nos recibió. En las bandejas ya no quedaba nada, solo un vaso de “merlot”
muy frío, impresentable. Decidí
irme. Mi coche ya no estaba donde lo había dejado, “la grúa municipal se
lo llevó” me informó un gañán que se encontraba ahí. Era fin de semana,
hasta el lunes no podría ir a buscarlo a los corrales. ¿El metro? A esa hora
ya no funcionaba, tendría que atreverme a subir a los buses del transantiago.
Nota
de los Editores: Esta crítica debió haber sido publicada hace varios meses,
junto con el estreno de la obra, pero la velocidad de aparición de esta
revista no lo permitió: somos lentos e incapaces. Sin embargo, consideramos que aún es válida,
pues “Gulliver” está todavía en cartelera (itinerando en provincia) y
luego partirá a Francia.
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