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  Literatura, Arte y Realidad                     

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Revista Esperpentia

f Literatura, Arte y Realidad

 Año 10

 Director: Sergio Sarmiento  Editor literario: Maximiliano Díaz Santelices

 Diagramación y fotografía digital: Sparky

 Cooperan en nuestra edición digital n°9:Francisco Quiroz, Mauricio Rojas, Emilio Serey, Markos Quisbert, Iñaki Barasorda, José Abelardo Encina, Rainier Alda.

Lugar de origen: Batuco, Lampa, Santiago de Chile

 Periodicidad 100% irregular

 Correo Electrónico: esperpentia@yahoo.com

 

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Agrupacion Cultural Esperpentia

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poesía chilena

poesía latinoamericana

literatura chilena

literatura latinoamericana

 

Edición Digital N°4

Septiembre  2006

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Teatro al Instante

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Gulliver, de la Compañía de Jaime Lorca

Entretención asegurada

Por Absalón Echeverría


No soy crítico de obras infantiles, pero como desde que escribo en esta académica revista nadie me invita a sus obras, acepté las entradas que un amigo me regaló para ir al estreno de la obra “Gulliver”, una adaptación de la famosa, “satírica” y sobrevalorada novela de Jonatan Swiff, realizada, entre otros, por Jaime Lorca, uno de los integrantes de la fenecida y también sobrevalorada, ¿compañía? ¿grupo? ¿colectivo artístico?, “La troppa” (así creo que se escribía).

Como en tantas otras oportunidades enfilé rumbo al poniente, a ese espacio “artístico” llamado “Matucana 100”, pero ya sabía a lo que iba.  (Hace algunos años por razones profesionales, al igual que ahora, había tenido que asistir a una especie de galpón frío, húmedo, mal ventilado, oscuro, con tablones en vez de asientos que algunos llamaban, eufemísticamente, “teatro”). Al llegar me recibió una calle mal iluminada que, para peor, ni siquiera contaba con estacionamientos (tuve que dejar el coche en la calle expuesto quizá a qué). Al entrar y esperando ver los herrumbrosos galpones, me di cuenta que algo había cambiado desde mi última visita, pues me encontré con un teatro con asientos numerados, todo forrado en fina y cálida  madera, un teatro digno de mejores barrios, en fin.

Como decía, no soy crítico de obras infantiles (de esas con marionetas y todo), por eso me llamó la atención un letrero que estaba en la boletería que advertía: “esta obra no es conveniente para niños menores de 10 años”, esta sinceridad que celebro iba, pensé, claramente en contra de las arcas de la empresa ¿Cuántos niños mayores de 10 años hay? O tal vez la obra no iba dirigida a los niños, después de todo. (Aquí es preciso una aclaración, cuando voy a ver una obra no leo, ni me informo sobre el montaje, a lo más averiguo quiénes son los actores, ya que esto me podría prejuiciar, y una cosa sí que no soy, prejuicioso). La sala estaba abarrotada (no de niños precisamente) y por suerte mi amigo me había dado entradas bien ubicadas: 3ª fila, algo inclinada a la derecha, lo que no resultaba incómodo y  mientras cavilaba sobre este punto la obra comenzó.

Lo primero que me llamó la atención fueron los raros artilugios escenográficos, grúas, poleas, postes metálicos, luego la aparición de Lorca en overol, más tarde la oscuridad total y los ruidos estridentes que provenían de las estrepitosas caídas de Gulliver, porque a diferencia de la novela el protagonista desciende por una cavidad hacia Liliput y no llega nadando. Claro, me dije por deformación semiótica, la metáfora de bajar a las simas es un clásico literario, baste recordar a Dante y su descenso a los infiernos o a Quijote y la famosa exploración de la cueva de Montecinos. Pensé: esto se pone interesante, pero la obra inmediatamente tomó otros derroteros no menos espectaculares, la intervención de las marionetas creando cuadros de bien calculada belleza y ahí mi mente se aflojó y decidí disfrutar de la estética “naif” que me proponían: escenas tiernas como la de un volantín que el gigante ayuda a elevar a un liliputiense, escenas circenses, otras de zapateo americano, en un marco de humor complejo y simbólico (Gulliver se peda mientras duerme y una nube “odorífica” desmaya a una de las marionetas. Gulliver orina de espaldas al público). Todo esto manejado con singular maestría por los titiriteros, con gran sincronización y a cara deslavada. Por otra parte muchos diálogos profundos, disfrazados de ingenuas metáforas o de símbolos anquilosados, le daban a esta obra múltiples lecturas. Sin duda, un teatro poético, plástico, con preguntas llenas de lirismo: “¿A qué gigante le temes tú?” dice uno de los tantos muñecos y la frase queda resonando, para que cada uno se pregunte “¿Cuál es el  gigante al que le temo?” Lo extraño es que traté de recordar otras frases sugerentes para ejemplificar este punto, pero no recordé ninguna más.

Mientras todo esto ocurría yo pensaba en la complejidad del oficio de Lorca, al dialogar e interactuar solo con muñecos. Es mil veces más fácil trabajar con humanos, que te traspasan sus sentimientos, a hacerlo solo con voces y marionetas, pero por otra parte no hay mejores socios, nunca se cansan, nunca reclaman, solo obedecen, no hay que pagarles y sino le gustan los cambia por otro. En fin, quizá Lorca siempre quiso trabajar solo con muñecos.

La obra terminó entre grandes aplausos de la fanaticada, señoras y señores graves, adolescentes y universitarios que aplaudían como si fueran niños, celebrando este nuevo teatro que “inviste” al público como decía Lihn de “indignidad infantil”. Es decir, no es solo una obra para niños, es para la familia, que encontrará en ella entretención asegurada, pues resiste múltiples niveles de lectura, desde los más sesudos hasta los más básicos estremecimientos de los infantes frente a una reina cruel y despótica que termina siendo la princesa encantadora. Porque el amor no tiene edad, ni barreras económicas, ni menos de altura. Este es el mensaje final: “El amor es más fuerte” (¿quién dijo esto?) 

¿Qué teatro hoy hace eso? ¿Derribar nuestras barreras culturales y convertirnos otra vez en niños pidiendo “títeres” y a los niños someterlos a símbolos gigantes? Este es el logro de Lorca –y de su compañía claro- quienes pueden (si es que no lo están haciendo ya) dormir sobre sus laureles, pues sus obras son un éxito de taquilla. Ya sabemos quién era el verdadero creativo del tridente de la ex–troppa. Seguramente su éxito es y será coronado por la crítica certera y la pluma infalible de “El Mercurio”, medio que siempre ha celebrado este teatro sano y familiar.

A la salida, ya nadie conversaba de la obra en el deslavado e ínfimo coctail que nos recibió. En las bandejas ya no quedaba nada, solo un vaso de “merlot” muy  frío, impresentable. Decidí irme. Mi coche ya no estaba donde lo había dejado, “la grúa municipal se lo llevó” me informó un gañán que se encontraba ahí. Era fin de semana, hasta el lunes no podría ir a buscarlo a los corrales. ¿El metro? A esa hora ya no funcionaba, tendría que atreverme a subir a los buses del transantiago.  

   


Nota de los Editores: Esta crítica debió haber sido publicada hace varios meses, junto con el estreno de la obra, pero la velocidad de aparición de esta revista no lo permitió: somos lentos e incapaces. Sin embargo, consideramos que aún es válida, pues “Gulliver” está todavía en cartelera (itinerando en provincia) y luego partirá a Francia.

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