“Leí
todos los libros y es, ¡ay!, la carne triste.”
(Brisa marina. Mallarmé)
Una de
las características de estos “Tiempos modernos” es que la tecnología, a través
del computador e internet, nos ha puesto el mundo al alcance de nuestras manos.
Basta apretar algunas teclas y podrás saber lo que pasa en el resto del planeta,
comunicarte con personas que viven en las antípodas de la tierra, reservar
pasajes, hoteles, preguntar y tener respuestas de inmediato, así todo se torna
más fácil. Otra de las ventajas es que el arte está a tu disposición, puede
visitar gran cantidad de museos virtuales, escuchar o leer la explicación de las
obras de esos museos, galerías con fotos que puedes bajar, libros que puedes
escuchar, sitios desde donde puedes descargar la obras completas, por ejemplo,
de Rimbaud, el “Ulises” de Joyce, obras de Piglia o de Bolaño, etc. La oferta es
tan grande que puedo bajar la película que quiero o verla “on line”, bajar la
discografía completa de The Beatles, de Serrat, de Coltrane, de Miles, es decir,
todo lo que tocó Miles, hasta en sus sesiones de grabación. ¡Todo! Lo puedo
tener en mi computador y de ahí a un i-pod con 80 o más gigas de capacidad, por
lo tanto, puedo tener la producción completa digamos de varios grupos, cantantes
o compositores en uno solo aparato. Esto es, pensé, lo más maravilloso que
podía esperar un coleccionista de música. Ahora basta, en lugar de recorrer
calles y tiendas con mucho tiempo y dinero en los bolsillos, solo buscar en el
computador lo que tú quieras.
Hagamos
un racconto, recuerdo mis tiempos de estudiante en los ’80, cerca de mi
universidad en Estación Central se habían instalado una serie de pequeñas
librerías de viejo, hoy desaparecidas. Siempre las recorría buscando alguna
“joyita”, algún valioso y escaso libro que el librero no hubiera detectado y
que, por lo tanto, con un precio inferior a su valor, estuviese allí
esperándome. De esta manera, encontré muchos libros que aún hoy mantengo y
recuerdo la felicidad que sentí al encontrarlos, incluso de muchos de ellos
podría contar la historia de dónde los hallé, la emoción que sentí y que debía
disimular para que el vendedor no sospechara la importancia que ese libro tenía
para mí. Todavía recuerdo, que cuando no tenía dinero y ubicaba un libro que
quería tener, lo escondía entre otros, lejos de su lugar de origen, lo escondía
y días después, cuando ya había conseguido el dinero, lo sacaba de su exilio y
me lo llevaba a mi casa donde aún reposa. Así durante muchos años armé mi
biblioteca. Ciudad, comuna, pueblo al que iba, siempre buscaba una librería de
viejo. Recuerdo en especial alguna librería de Buenos Aires o del Persa Bío Bío,
en Mendoza hay algunas excelentes con ediciones de segunda mano, totalmente
nuevas, en Madrid al lado del Museo del Prado en la calle o en París junto al
Sena donde adquirí una edición en francés de “Las flores del mal”. Librerías de
San Diego, de Copacabana, de Manuel Montt, de Linares, Lastarria o Merced (antes
que el snobismo se hubiera apoderado de ellas), librerías de Matucana, de Plaza
Brasil, de Montevideo, de Lima.
Algo
similar me ocurría con los discos de Jazz, los buscaba por todas partes lugar
donde iba, era obligatorio para mí ubicar sus disquerías y allí preguntar por
Coltrane, Miles , Parker, Sonny Rollins, etc. Músicos que a principios de los
’90 escuchaba. Su música era escasa y solo algunas tiendas los traían a precios
inalcanzables para un mortal común y corriente. Pero me había hecho de una buena
colección, había encargado a gente que viajaba, los compré de segunda mano, fue
así como llegué a tener varios cientos de Cds hasta que un día, me los robaron
todos. Los que más sentí, por supuesto, fueron los discos de Jazz, detrás de
cada uno había una historia. Afortunadamente, los ladrones solo se robaron mis
discos, no tocaron los libros. Algo se quebró en mí con ese robo, busqué
reemplazar mi antigua colección y comencé a comprar vinilos de Jazz o de la
música que me habían robado, los vinilos estaban muy baratos (aún la manía retro
no se había apoderado de ellos) compré una gran cantidad junto con una tornamesa
y alguna de mis heridas cicatrizaron. Pero también compré una grabadora de Cds y
con ella comencé a “respaldar” todos los Cds de mis amigos, intentando recobrar
mi colección perdida. No solo eso, además fotocopiaba en color sus carátulas, es
decir, los dejaba muy próximo al original. Un coleccionista también colecciona
el arte que hay en las carátulas, colecciona los nombres de los músicos, la
fecha de la grabación, el lugar, etc.
Pero
volviendo al comienzo de esta columna, ahora que está todo al alcance de estas
teclas con las que escribo estas notas, ahora que basta tener el nombre del
álbum de discos o el de un libro o una película, para buscarlos y bajarlos aquí
en mi casa, sin necesidad de salir de ella ¿Seremos más felices, estaremos más
satisfechos? La respuesta para alguien nacido en los ’90 es fácil, todos sus
discos no ocupan lugar físico en la casa, están en sus computadores o
reproductores, allí tienen todo lo que quieren, sin salir a buscar, incluso sin
pagar, claro pero no hay detrás de esos discos ninguna historia que contar,
ninguna pequeña felicidad al hallarlo. Hoy que podemos tener acceso a la obra
completa de Fernando Pessoa, a las novelas de Proust, a la discografía completa
de cualquier compositor ¿Tenemos más tiempo para leerlas? ¿Tenemos más tiempo
para escucharlas? La vida de una persona no alcanza para leer, escuchar y ver
todos lo que se ha producido, todo lo que está a disposición en la red. Antes el
tiempo, la selección natural de las librerías, de las disquerías o de los cines
hacían su trabajo, hoy que está todo a tú alcance entramos en un pánico, pues no
sabemos por dónde comenzar a explorar esta, parodiando a Borges, “Librería de
Babel”. Qué libro leer, qué película ver, qué nuevos o viejos discos escuchar.
Está todo, pero esto nos paraliza, suelo tener gran cantidad de obras que he
bajado, obras completas que tengo, pero que no he leído, escuchado, ni visto,
pues lo he dejado para después, cuando “tenga tiempo”. Antes compraba un libro,
para leerlo y, efectivamente, lo leía.
Pero
también se nos fue el encanto de encontrar entre varios libros, el que tú hace
años buscabas, el encanto de tocar su cubierta, de oler sus páginas, de
descubrir entre ellas un boleto de micro, alguna anotación, el nombre de su
antiguo dueño, un papel de chocolate. Ahora basta con poner su nombre en Google
y buscarlo. Hemos perdido el placer de refugiarse en una sala de cine de la
lluvia, abrir la pequeña bolsita de caramelos tratando de hacer poco ruido,
dejarse arrastrar por la oscuridad de la sala, perder la orientación al salir
nuevamente a la calle luego de dos horas. Cuándo fue la última vez que
desenvolviste un disco recién comprado y lo escuchaste no una, sino muchas
veces, hasta aprendértelo, cuántos discos podías comprar en un mes, cuántos
discos podías escuchar.
Hoy en tu
computador hay cientos de discos, cientos de libros y cientos de películas que
están esperando solo tu orden para aparecer frente a ti. Hemos desarrollado un
sistema que excede en mucho la capacidad humana, por eso nos sentimos
bloqueados, paralizados frente a esta realidad tan vasta y que posiblemente se
verá ciento de veces duplicada antes que hayamos desaparecido. Parodiando ahora
a Mallarmé deberíamos decir: “Tengo
todos los libros y es, ¡ay!, la carne triste”.
La librería de Babel está ahí,
aparecerá apenas aprietes las teclas.
